Las sílabas

Las sílabas

 

Y cuando escribas no mires lo que escribas, piensa en el sol

que arde y no ve y lame el Mundo con un agua

de zafiro para que el ser

sea y durmamos en el asombro

sin el cual no hay tabla donde fluir, no hay pensamiento

ni encantamiento de muchachas

frescas desde la antigüedad de las orquídeas de donde

vinieron las sílabas que saben más que la música, más, mucho

más que el parto.

Latín y jazz

 

Latín y jazz

 

Leo en un mismo aire a mi Catulo y oigo a Louis Armstrong, lo reoigo

en la improvisación del cielo, vuelan los ángeles

en el latín augusto de Roma con las trompetas libérrimas, lentísimas,

en un acorde ya sin tiempo, en un zumbido

de arterias y de pétalos para irme en el torrente con las olas

que salen de esta silla, de esta mesa de tabla, de esta materia

que somos yo y mi cuerpo en el minuto de este azar

en que amarro la ventolera de estas sílabas.

 

Es el parto, lo abierto de lo sonoro, el resplandor

del movimiento, loco el círculo de los sentidos, lo súbito

de este aroma áspero a sangre de sacrificio: Roma

y África, la opulencia y el látigo, la fascinación

del ocio y el golpe amargo de los remos, el frenesí

y el infortunio de los imperios, vaticinio

o estertor: éste es el jazz,

el éxtasis

antes del derrumbe, Armstrong; éste es el éxtasis,

Catulo mío,

¡Tánatos!

 

[Oscuro, 1977]

Los verdaderos poetas son de repente

Los verdaderos poetas son de repente

Los verdaderos poetas son de repente:

nacen y desnacen, dicen

misterio y son misterio, son niños

en crecimiento tenaz, entran

y salen intactos del abismo, ríen

con el descaro de los 15, saltan

desde el tablón del aire al roquerío

aciago del océano sin

miedo al miedo, los hechiza

el peligro.

 

Aman y fosforecen, apuestan

a ser, únicamente a ser, tienen mil ojos

y otras mil orejas, pero

las guardan en el cráneo musical, olfatean

lo invisible más allá del número, el

vaticinio va con ellos, son

lozanía y arden lozanía.

 

Al éxtasis

prefieren el sacrificio, dan sus vidas

por otras vidas, van al frente

cantando, a cada uno

de los frentes, al abismo

por ejemplo, al de la intemperie anarca,

al martirio incluso, a las tormentas

del amor, Rimbaud

los enciende:

Elle est retrouvée

Quoi? L’éternité

 

Pero la Eternidad es esto mismo.

No haya corrupción

No haya corrupción

 

Obstinado de mí no habré podido avanzar un metro lerdo de burro

de Atacama a Arizona, malparado

y equivocado bajo las estrellas, sin otro pasto

que los peñascos de las cuestas, ni más aire

que el de mis costillas, ni más orejas

que lo que fueron mis orejas, equivocado,

lo que se dice equivocado.

 

No di con el hallazgo, se juntó todo,

el viernes llovió, de modo que el reparto de las aguas

subió de madre, a Pablo

le tocó casi toda la costa, excluyendo el sector alto de las nieves

que eso es entero de Vallejo

hasta los confines, Huidobro

muy justo exigió el deslinde sur del encantamiento

más los pájaros, muerto Borges

cambió su virreinato del Este por una sola hilera de libros,

del que no se supo más nada

fue de Rulfo.

 

Así las cosas quién va a andar

a la siga de qué, por cuáles cumbres. Entonces

llamé a mi animal como apacentándolo hacia

otra paciencia más austera: – Distráete, animal,

le dije, záfate de tu persona, deja

que el placer te bañe, no haya

corrupción.

Oda pindárica

Oda pindárica

 

Jung distingue tres huesos, el de nacer, el

de perdurar 90, y el otro

todavía más músico, súmero

por los 5.000 a.C., lo que se dice

un escándalo, ¿quién va a

vivir tanto?, ni el sol ni

el mismísimo resurrecto que iba en los 33 cuando

salió en avión para las galaxias.

 

¿Comer Aleph ciego entonces para disipar lo

teológico?, a ver tú Juan que te leíste a

los esenios y a los cátaros, con

arrimo y sin arrimo; o tú a ver mariposa

que no te has leído a nadie, ¿cómo es eso

de bailar en el abismo de los abismos?

 

Total uno se seca, litros, élitros, pierde

todas las aguas, desde la amniosis, va de vuelta del Génesis al

Eclesiastés, de Joyce a Kafka, de Ilión a Celan con Sena y todo,
nada uno

del Eufrates al Buy-Buy, infancias

y más infancias, ¿qué

habrá sido de las infancias?

 

No hablar tanto, lo primero

no hablar tanto, no escribir 400 papiros para la Arruga, no

mear por mear en cualquiera mujer, no encandilarse

con la preciosidad, no hay preciosidad, lo que hay es una ráfaga

vistosa.

 

Horror y éxtasis, perder el ojo derecho, por ahí

Borges y más Borges, por ahí, hijo,

empieza el arponazo de la cerrazón,

uno

enloquece y fosforece, pero no se

envilece, mira

y no ve, ¿cómo será que hasta el zumbido de las palomas allá en el techo del

Torreón

zumba a sollozo?

 

A cualquiera le sale pelo de pensamiento después de muerto cuando

lo echan a la bodega de allá abajo o al

chisporroteo de la cremación, todo por higiene

contra la gusanería como si uno no fuera

acarreo de eso a cada instante, lujuria,

fornicio, asfixia, fascinación,

enfermedades feroces.

 

Y sin embargo qué bonito el día Píndaro, el águila

del día siempre estará en futuro, las nubes, las

portentosas nubes, las muchachas olorosas

de las grandes playas del país, ese frescor, esa

ventolera que lo levanta todo esta mañana, de

pétalo a testículo, qué bonito el día, Píndaro.

 

[Qedeshím Qedeshóth, 2009]

Orquídea en el gentío

Orquídea en el gentío

 

Bonito el color del pelo de esta señorita, bonito el olor

a abeja de su zumbido, bonita la calle,

bonitos los pies de lujo bajo los dos

zapatos áureos, bonito el maquillaje

de las pestañas a las uñas, lo fluvial

de sus arterias espléndidas, bonita la physis

y la metaphysis de la ondulación, bonito el metro

setenta de la armazón, bonito el pacto

entre hueso y piel, bonito el volumen

de la madre que la urdió flexible y la

durmió esos nueve meses, bonito el ocio

animal que anda en ella.

 

[Antología de aire, 1992]

Oscuridad hermosa

Oscuridad hermosa

 

Anoche te he tocado y te he sentido

sin que mi mano huyera más allá de mi mano,

sin que mi cuerpo huyera, ni mi oído:

de un modo casi humano

te he sentido.

 

Palpitante,

no sé si como sangre o como nube

errante,

por mi casa, en puntillas, oscuridad que sube,

oscuridad que baja, corriste, centelleante.

 

Corriste por mi casa de madera

sus ventanas abriste

y te sentí latir la noche entera,

hija de los abismos, silenciosa,

guerrera, tan terrible, tan hermosa

que todo cuanto existe,

para mí, sin tu llama, no existiera.

Perdí mi juventud

Perdí mi juventud

 

Perdí mi juventud en los burdeles

pero no te he perdido

ni un instante, mi bestia,

máquina del placer, mi pobre novia

reventada en el baile.

 

Me acostaba contigo,

mordía tus pezones furibundo,

me ahogaba en tu perfume cada noche,

y al alba te miraba

dormida en la marea de la alcoba,

dura como una roca en la tormenta.

 

Pasábamos por ti como las olas

todos los que te amábamos. Dormíamos

con tu cuerpo sagrado.

Salíamos de ti paridos nuevamente

por el placer, al mundo.

 

Perdí mi juventud en los burdeles,

pero daría mi alma

por besarte a la luz de los espejos

de aquel salón, sepulcro de la carne,

el cigarro y el vino.

 

Allí, bella entre todas,

reinabas para mí sobre las nubes

de la miseria.

A torrentes tus ojos despedían

rayos verdes y azules. A torrentes

tu corazón salía hasta tus labios,

latía largamente por tu cuerpo,

por tus piernas hermosas

y goteaba en el pozo de tu boca profunda.

 

Después de la taberna,

a tientas por la escala,

maldiciendo la luz del nuevo día,

demonio a los veinte años,

entré al salón esa mañana negra.

 

Y se me heló la sangre al verte muda,

rodeada por las otras,

mudos los instrumentos y las sillas,

y la alfombra de felpa, y los espejos

que copiaban en vano tu hermosura.

 

Un coro de rameras te velaba

de rodillas, oh hermosa

llama de mi placer, y hasta diez velas

honraban con su llanto el sacrificio,

y allí donde bailaste

desnuda para mí, todo era olor

a muerte.

 

No he podido saciarme nunca en nadie,

porque yo iba subiendo, devorado

por el deseo obscuro de tu cuerpo

cuando te hallé acostada boca arriba,

y me dejaste frío en lo caliente,

y te perdí, y no pude

nacer de ti otra vez, y ya no pude

sino bajar terriblemente solo

a buscar mi cabeza por el mundo.

[La miseria del hombre, 1948]

Qedeshím Qedeshóth

Qedeshím Qedeshóth

 

Mala suerte acostarse con fenicias, yo me acosté

con una en Cádiz bellísima

y no supe de mi horóscopo hasta

mucho después cuando el Mediterráneo me empezó a exigir

más y más oleaje; remando

hacia atrás llegué casi exhausto a la

duodécima centuria: todo era blanco, las aves,

el océano, el amanecer era blanco.

 

Pertenezco al Templo, me dijo: soy Templo. No hay

puta, pensé, que no diga palabras

del tamaño de esa complacencia. 50 dólares

por ir al otro Mundo, le contesté riendo; o nada.

50, o nada. Lloró

convulsa contra el espejo, pintó

encima con rouge y lágrimas un pez: -Pez,

acuérdate del pez.

 

Dijo alumbrándome con sus grandes ojos líquidos de

turquesa, y ahí mismo empezó a bailar en la alfombra el

rito completo; primero puso en el aire un disco de Babilonia y

le dio cuerda al catre, apagó las velas: el catre

sin duda era un gramófono milenario

por el esplendor de la música; palomas, de

repente aparecieron palomas.

 

Todo eso por cierto en la desnudez más desnuda con

su pelo rojizo y esos zapatos verdes, altos, que la

esculpían marmórea y sacra como

cuando la rifaron en Tiro entre las otras lobas

del puerto, o en Cartago

donde fue bailarina con derecho a sábana a los

quince; todo eso.

 

Pero ahora, ay, hablando en prosa se

entenderá que tanto

espectáculo angélico hizo de golpe crisis en mi

espinazo, y lascivo y

seminal la violé en su éxtasis como

si eso no fuera un templo sino un prostíbulo, la

besé áspero, la

lastimé y ella igual me

besó en un exceso de pétalos, nos

manchamos gozosos, ardimos a grandes llamaradas

Cádiz adentro en la noche ronca en un

aceite de hombre y de mujer que no está escrito

en alfabeto púnico alguno, si la imaginación de la

imaginación me alcanza.

 

Qedeshím Qedeshóth*, personaja, teóloga

loca, bronce, aullido

de bronce, ni Agustín

de Hipona que también fue liviano y

pecador en África hubiera

hurtado por una noche el cuerpo a la

diáfana fenicia. Yo

pecador me confieso a Dios.

 

*En fenicio: cortesana del templo.

Réquiem de la mariposa

 

Réquiem de la mariposa

 

Sucio fue el día de la mariposa muerta.

Acerquémonos

a besar la hermosura reventada y sagrada de sus pétalos

que iban volando libres, y esto es decirlo todo, cuando

sopló la Arruga, y nada

sino ese precipicio que de golpe,

y únicamente nada.

 

Guárdela el pavimento salobre si la puede

guardar, entre el aceite y el aullido

de la rueda mortal.

O esto es un juego

que se parece a otro cuando nos echan tierra.

Porque también la Arruga…

 

O no la guarde nadie. O no nos guarde

larva, y salgamos dónde por último del miedo:

a ver qué pasa, hermosa.

Tú que aun duermes ahí

en el lujo de tanta belleza, dinos cómo

o, por lo menos, cuándo.

 

[Oscuro, 1977]