Oda pindárica

Oda pindárica

 

Jung distingue tres huesos, el de nacer, el

de perdurar 90, y el otro

todavía más músico, súmero

por los 5.000 a.C., lo que se dice

un escándalo, ¿quién va a

vivir tanto?, ni el sol ni

el mismísimo resurrecto que iba en los 33 cuando

salió en avión para las galaxias.

 

¿Comer Aleph ciego entonces para disipar lo

teológico?, a ver tú Juan que te leíste a

los esenios y a los cátaros, con

arrimo y sin arrimo; o tú a ver mariposa

que no te has leído a nadie, ¿cómo es eso

de bailar en el abismo de los abismos?

 

Total uno se seca, litros, élitros, pierde

todas las aguas, desde la amniosis, va de vuelta del Génesis al

Eclesiastés, de Joyce a Kafka, de Ilión a Celan con Sena y todo,
nada uno

del Eufrates al Buy-Buy, infancias

y más infancias, ¿qué

habrá sido de las infancias?

 

No hablar tanto, lo primero

no hablar tanto, no escribir 400 papiros para la Arruga, no

mear por mear en cualquiera mujer, no encandilarse

con la preciosidad, no hay preciosidad, lo que hay es una ráfaga

vistosa.

 

Horror y éxtasis, perder el ojo derecho, por ahí

Borges y más Borges, por ahí, hijo,

empieza el arponazo de la cerrazón,

uno

enloquece y fosforece, pero no se

envilece, mira

y no ve, ¿cómo será que hasta el zumbido de las palomas allá en el techo del

Torreón

zumba a sollozo?

 

A cualquiera le sale pelo de pensamiento después de muerto cuando

lo echan a la bodega de allá abajo o al

chisporroteo de la cremación, todo por higiene

contra la gusanería como si uno no fuera

acarreo de eso a cada instante, lujuria,

fornicio, asfixia, fascinación,

enfermedades feroces.

 

Y sin embargo qué bonito el día Píndaro, el águila

del día siempre estará en futuro, las nubes, las

portentosas nubes, las muchachas olorosas

de las grandes playas del país, ese frescor, esa

ventolera que lo levanta todo esta mañana, de

pétalo a testículo, qué bonito el día, Píndaro.

 

[Qedeshím Qedeshóth, 2009]