La palabra placer

 

La palabra placer

 

La palabra placer, cómo corría larga y libre por tu cuerpo la palabra placer

cayendo del destello de tu nuca, fluyendo

blanquísima por lo vertiginoso oloroso de

tu espalda hasta lo nupcial de unas caderas

de cuyo arco pende el Mundo, cómo lo

músico vino a ser marmóreo en la

esplendidez de tus piernas si antes hubo

dos piernas amorosas así considerando

claro el encantamiento de los tobillos que son

goznes que son aire que son

partícipes de los pies de Isadora

Duncan la que bailó en la playa

abierta para Serguei

Iesénin, cómo

eras eso y más para mí, la

danza, la contradanza, el gozo

de olerte ahí tendida recostada en tu ámbar contra

el espejo súbito de la Especie cuando te vi

de golpe, ¡con lo lascivo

de mis dedos te vi!, la

arruga errónea, por decirlo, trizada en

lo simultáneo de la serpiente palpándote

áspera del otro lado otra

pero tú misma en

la inmediatez de la sábana, anfibia

ahora, vieja

vejez de los párpados abajo, pescado

sin océano ni

nada que nadar, contradicción

siamesa de la figura

de las hermosas desde el

paraíso, sin

nariz entonces rectilínea ni pétalo

por rostro, pordioseros los pezones, más

y más pedregosas las rodillas, las costillas:

-¿Y el parto, Amor, el

tisú epitelial del parto?

 

De él somos, del

mísero dos partido

en dos somos, del

báratro, corrupción

y lozanía y

clítoris y éxtasis, ángeles

y muslos convulsos: todavía

anda suelto todo, ¿qué

nos iban a enfriar por eso los tigres

desbocados de anoche? Placer

y más placer. Olfato, lo

primero el olfato de la hermosura, alta

y esbelta rosa de sangre a cuya vertiente vine, no

importa el aceite de la locura:

-Vuélvete, paloma,

que el ciervo vulnerado

por el otero asoma.

 

[Del relámpago, 1984]