¿Qué se ama cuando se ama?

 

¿Qué se ama cuando se ama?

 

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida

o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué

es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,

o este sol colorado que es mi sangre furiosa

cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

 

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer

ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,

repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces

de eternidad visible?

 

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra

de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar

trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,

a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

 

[Contra la muerte, 1964]

A veces pienso quién

A veces pienso quién

 

A veces pienso quién, quién estará viviendo ronco mi juventud

con sus mismas espinas, liviano y vagabundo,

nadando en el oleaje de las calles horribles, sin un cobre,

remoto, y más flexible: con tres noches radiantes en las sienes

y el olor de la hermosa todavía en el tacto.

 

Dónde andará, qué tablas le tocará dormir a su coraje,

qué sopa devorar, cuál será su secreto

para tener veinte años y cortar en sus llamas las páginas violentas.

Porque el endemoniado repetirá también el mismo error

y de él aprenderá, si se cumple en su mano la escritura.

Acorde clásico

Acorde clásico

 

Nace de nadie el ritmo, lo echan desnudo y llorando

como el mar, lo mecen las estrellas, se adelgaza

para pasar por el latido precioso

de la sangre, fluye, fulgura

en el mármol de las muchachas, sube

en la majestad de los templos, arde en el número

aciago de las agujas, dice noviembre

detrás de las cortinas, parpadea

en esta página.

Al silencio

Al silencio

 

Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,

todo el hueco del mar no bastaría,

todo el hueco del cielo,

toda la cavidad de la hermosura

no bastaría para contenerte,

y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera,

oh majestad, tú nunca,

tú nunca cesarías de estar en todas partes,

porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,

porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,

y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.

 

Asma es amor

 

Asma es amor

 

A Hilda, mi centaura

 

Más que por la A de amor estoy por la A

de asma, y me ahogo

de tu no aire, ábreme

alta mía única anclada ahí, no es bueno

el avión de palo en el que yaces con

vidrio y todo en esas tablas precipicias, adentro

de las que ya no estás, tu esbeltez

ya no está, tus grandes

pies hermosos, tu espinazo

de yegua de Faraón, y es tan difícil

este resuello, tú

me entiendes: asma

es amor.

 

[Antología de aire, 1996]

Carbón

Carbón

 

Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir

mi Lebu en dos mitades de fragancia, lo escucho,

lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces,

cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento

como una arteria más entre mis sienes y mi almohada.

 

Es él. Está lloviendo.

Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor

a caballo mojado. Es Juan Antonio

Rojas sobre un caballo atravesando un río.

No hay novedad. La noche torrencial se derrumba

como mina inundada, y un rayo la estremece.

 

Madre, ya va a llegar: abramos el portón,

dame esa luz, yo quiero recibirlo

antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino

para que se reponga, y me estreche en un beso,

y me clave las púas de su barba.

 

Ahí viene el hombre, ahí viene

embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso

contra la explotación, muerto de hambre, allí viene

debajo de su poncho de castilla.

 

Ah, minero inmortal, ésta es tu casa

de roble, que tú mismo construiste. Adelante:

te he venido a esperar, yo soy el séptimo

de tus hijos. No importa

que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años,

que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,

porque tú y ella estáis multiplicados. No

importa que la noche nos haya sido negra

por igual a los dos.

-Pasa, no estés ahí

mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.

Celia

Celia

                         

1

 

Y nada de lágrimas; esta mujer que cierran hoy

en su transparencia; ésta que guardan

en la litera ciega del muro

de cemento, como loca encadenada

al catre cruel en el dormitorio sin aire, sin

barquero ni barca, entre desconocidos sin rostro, ésta

es

únicamente la

Única

que nos tuvo a todos en el cielo

de su preñez.

Alabado

sea su vientre.

 

2

 

Y nada, nada más; que me parió y me hizo

hombre, al séptimo parto

de su figura de marfil

y de fuego,

en el rigor

de la pobreza y la tristeza,

y supo

oír en el silencio de mi niñez el signo,

el Signo

sigiloso

sin decirme

nunca

nada.

Alabado

sea su parto.

 

3

 

Que otros vayan por mí ahora

que no puedo, a ponerte

ahí los claveles

colorados de los Rojas míos, tuyos,

hoy

trece doloroso de tu martirio,

los

de mi casta que nacen al alba

y renacen; que vayan a ese muro por nosotros, por Rodrigo

Tomás, por Gonzalo hijo, por Alonso; que vayan

o no, si prefieren,

o que oscura te dejen

sola,

sola con la ceniza

de tu belleza

que es tu resurrección, Celia

Pizarro,

hija, nieta de Pizarros

y Pizarros muertos, Madre;

y vengas tú

al exilio con nosotros, a morar como antes en la gracia

de la fascinación recíproca.

Alabado

sea tu nombre para siempre.

Contra la muerte

Contra la muerte

 

Me arranco las visiones y me arranco los ojos cada día que pasa.

No quiero ver ¡no puedo! ver morir a los hombres cada día.

Prefiero ser de piedra, estar oscuro,

a soportar el asco de ablandarme por dentro y sonreír

a diestra y a siniestra con tal de prosperar en mi negocio.

 

No tengo otro negocio que estar aquí diciendo la verdad

en mitad de la calle y hacia todos los vientos:

la verdad de estar vivo, únicamente vivo,

con los pies en la tierra y el esqueleto libre en este mundo.

 

¿Qué sacamos con eso de saltar hasta el sol con nuestras máquinas

a la velocidad del pensamiento, demonios: qué sacamos

con volar más allá del infinito

si seguimos muriendo sin esperanza alguna de vivir

fuera del tiempo oscuro?

 

Dios no me sirve. Nadie me sirve para nada.

Pero respiro, y como, y hasta duermo

pensando que me faltan unos diez o veinte años para irme

de bruces, como todos, a dormir en dos metros de cemento, allá abajo.

 

No lloro, no me lloro. Todo ha de ser así como ha de ser,

pero no puedo ver cajones y cajones

pasar, pasar, pasar, pasar cada minuto

llenos de algo, rellenos de algo, no puedo ver

todavía caliente la sangre en los cajones.

 

Toco esta rosa, beso sus pétalos, adoro

la vida, no me canso de amar a las mujeres: me alimento

de abrir el mundo en ellas. Pero todo es inútil,

porque yo mismo soy una cabeza inútil

lista para cortar, por no entender qué es eso

de esperar otro mundo de este mundo.

 

Me hablan del Dios o me hablan de la Historia. Me río

de ir a buscar tan lejos la explicación del hambre

que me devora, el hambre de vivir como el sol

en la gracia del aire, eternamente.

[Contra la muerte, 1964]

De qué más se te acusa Gonzalo Rojas

De qué más se te acusa Gonzalo Rojas

 

 

1) De libertino y adivino, ciego por fuera pero no por dentro, de

bazofia y más bazofia, de fibrosis

pulmonar desde el 2003, pero el paisano no se queja.

 

2) De andar en los cien y seguir viviendo como un loco

sin ser ningún Apollinaire.

 

3) De no dar nunca con el tono.

 

4) De mear contra el cielo, de escupir a Dios por escupir, que

se me entienda bien, de quedarme

llorando en ese internado el 27 toda la larga noche en los abismos.

 

5) De seguir escribiendo lo inescribible en esas máquinas de

la picantería que se compran con tarjeta.

 

6) De olvidar el lápiz de leche y el cuaderno de copias.

 

7) De apestado por los premios, yo no concursé.

 

8) De viudo inconsolable sin ninguna de las dos.

 

9) De no haber muerto a tiempo y seguir sangrando por la nariz.

 

10) De confiar en cuanto analfo anda por ahí en la

maniobra de la publicidad vergonzosa.

 

11) De no haber nacido en México con todo el hambre de México

que me sobra.

 

12) De haber soltado los remos esa única vez, a la siga del suicidio

para escándalo de las gaviotas, pero no salió el tiro.

 

13) De silbador de serpientes para ver si vienen las estrellas.

 

14) De no haber vuelto a besar a mis 5 hermanas que era todo lo que

tenía, descontando al Jacinto y al Juan, remeros de lujo,

qué se fizo el encanto.

 

15) De con arrimo y sin arrimo aguantar el huracán.

 

16) De no haberme encatrado con la Tsvetáieva, y ¡ésa sí que hubiera sido!

 

17) De en cambio seguir durmiendo a lo lagarto en mi mismo

catre de alambre.

 

18) De nadar torrencial a los 18 y acuérdate y acuérdate.

 

19) De haber nacido heraclíteo con manchas de parmenídeo.

 

20) De no haber olfateado el corazón de no sé quién.

 

21) De dormir en pelotas por si se cumple en mí la resurrección.

 

22) De llegar desnudo a los diez mil y que se

hunda el Mundo. De eso,

 

23) será que se me acusa.

 

 

Del sentido

Muslo lo que toco, muslo
y pétalo de mujer el día, muslo
lo blanco de lo translúcido, U
y más U, y más y más U lo último
debajo de lo último, labio
el muslo en su latido
nupcial, y ojo
el muslo de verlo todo, y Hado,
sobre todo Hado de nacer, piedra
de no morir, muslo:
leopardo tembloroso.

De Del relámpago, 1981